PodCastizo nº42: Historia de la Plaza Mayor de Madrid.

Vista de la Plaza Mayor. Al fondo, la Casa de la Panadería. (Fotografía propia).

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Empezamos la temporada viajando a nuestra Plaza Mayor, que este año 2017 celebra el 400 aniversario del inicio de su construcción. Esta plaza, tan querida por los madrileños, está llena de secretos, rincones curiosos, personajes, locales interesantes y anécdotas, algunas de ellas poco conocidas y tremendamente curiosas. Hablaremos de ello con Piedad (@madrid_distinto) (web). Presentan Sara Black y el Prof. Valnadú.

Los primeros tiempos: la Plaza del Arrabal.

Aunque en este año 2017 celebramos el 400 aniversario de la Plaza Mayor, lo que en realidad se conmemora es el inicio de las obras de reforma que dieron a este madrileñí-simo lugar una configuración aproximadamente igual a la que hoy conocemos. El lugar tiene, no obstante, mucha más historia. Vamos a tratar de resumirla en estas breves líneas.

Como muchas otras plazas, surge en época medieval como un espacio abierto en el que los ciudadanos empiezan a reunirse, más o menos espontáneamente. El lugar que hoy ocupa la Plaza Mayor era una explanada frente a la Puerta de Guadalaxara y a la cava de San Miguel (uno de los fosos de la muralla) a la altura de la desaparecida iglesia de San Miguel de los Octoes. Aproximadamente, el lugar se corresponde actualmente con la zona del hoy tan conocido Mercado de San Miguel, entre la calle de Ciudad Rodrigo y la propia plaza de San Miguel. En los primeros años del siglo XV, el lugar se situaba extramuros.

Existieron por la zona varias lagunas, quedando en la época la principal de ellas, llamada de Luján. Su nombre se debe al dueño de las tierras, Francisco Luján, miembro de la familia de los Lujanes, una de las más poderosas estirpes del Madrid medieval. Seguramente al amable lector le será familiar este nombre por las soberbias casas y torre de los Lujanes, en la plaza de San Salvador, actual plaza de la Villa, que felizmente perduran en nuestros días. El terreno, posteriormente desecado, sirvió de asentamiento a algunas casas, ocupadas por los mismos mercaderes, principalmente judíos, que se instalaron en esta zona para desempeñar su labor comercial. El lugar era que ni pintado, dado que, al permanecer fuera de las murallas de la Villa, los productos que allí se mercaban se veían libres del portazgo, o impuesto que debía pagar todo producto que se introdujese en la Villa para su venta (y que, precisamente, se satisfacía en la mencionada puerta de la muralla). Digamos pues, que aquel mercado estaba de alguna manera “libre de impuestos”, con el solo sacrificio para el comprador de salir fuera del recinto amurallado.

Plaza del Arrabal. (Imagen obtenida de: http://articulossaberyocio.blogspot.com.es)

La Plaza del Arrabal, como ya se bautizó en tiempos de Juan II de Castilla, fue mercado de alimentos, especialmente vino y aceite, así como de paño. Con el tiempo, fue ganando importancia aquel arrabal, llamado de Santa Cruz. El rey Enrique IV trasladará aquí oficialmente el mercado que anteriormente se celebraba en la mencionada plaza de San Salvador. A finales del siglo XV, ya existía una regulación oficial para el mercado, estando situados los puestos de fruta y verdura en el perímetro de la plaza, y las redes de pescado y la carne en el centro.

Curiosamente, se cuenta que una vecina de la plaza, ya en 1541, decidió un buen día reformar su casa, añadiendo en la fachada un soportal. Parece ser que ella dio comienzo a esta costumbre, que posteriormente imitase el alarife Antonio Sillero, encargado de construir los soportales del resto de la plaza.

Los construcción de la nueva Plaza Mayor.

Con el correr del tiempo, la llegada de Felipe II al trono de la Monarquía Hispánica, supuso el ascenso a capital del Reino de nuestro querida y (hasta entonces) hogareña Villa. Sin embargo, cuando Felipe II entró oficialmente en la Villa no tuvo a bien pasar por esta zona de la plaza del Arrabal, ya que por aquel entonces parece que su inicial pujanza había decaído, y no se tenía por lugar digno para el paso de tan ilustre monarca. Ya entonces comenzaron los proyectos para reformar el lugar y dotarlo de las condiciones adecuadas para la nueva capital, bajo los auspicios del corregidor Don Francisco de Sotomayor, y posteriormente con Don Gaytán de Ayala. Juan de Herrera fue el arquitecto que comenzó los planes para perfilar la plaza.

La Plaza Mayor en el año 2018. (Fotografía propia)

En 1590 se comienza a construir uno de los dos edificios singulares que alberga la plaza, la Casa de la Panadería. Es el edificio quizá más llamativo hoy en día, por sus moderna decoración en la fachada, estando situada en la fachada norte, la más próxima a la calle Mayor. El por qué de su construcción está en la carestía de pan que el año anterior aquejó a la ciudad. Desde esta casa se establecería un almacén y reparto de pan centralizado que trataría de terminar con el problema. Diego Sillero es el encargado de las obras. La Casa de la Panadería es, pues, anterior a la propia plaza, tal y como hoy la conocemos. La casa albergó sucesivamente el despacho del Peso Real y del Fiel Contraste en 1732; sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; Real Academia de la Historia; también estuvo la Biblioteca y el Archivo Municipal; el Centro Cultural Mesonero Romanos y actualmente la Oficina Municipal de Turismo. Las habitaciones reales se utilizan hoy para bodas civiles. La fachada se repintó por Luis Velázquez a finales del siglo XIX. En 1988, Carlos Franco ganó el concurso para repintarla, decorándola con personajes mitológicos y detalles de la Historia de Madrid y de la plaza. Éstos son los vistosos frescos que hoy podemos admirar.

Felipe III, rey a quien se deben grandes proyectos de reorganización y mejora de la ciudad para adaptarla a su estatus de Corte, encomienda a su arquitecto Juan Gómez de Mora, sobrino del también arquitecto Francisco de Mora e hijo de Juan Gómez, pintor de cámara de Felipe II. Dirigirá las obras a partir de 1617, fecha que, como hemos señalado, conmemoramos en estos días. Su presupuesto inicial fue de 200.000 ducados, presupuesto que se pretendía cerrado, si bien parece que finalmente la cifra ascendió a los 900.000 ducados. Las casas de la plaza fueron las más altas, de 5pisos sin contar los soportales, con 474 ventanas y balcones, siendo sus dimensiones de 434 por 334 pies.

Curioso es el chascarrillo que relaciona mágicamente el nombre de Juan con la plaza. El mencionado Juan Gómez de la Mora fue su constructor, Juan de Villanueva el arquitecto tras el incendio del s.XVIII, Juan de Bolonia el autor de la escultura ecuestre de Felipe III, Juan Cristóbal fue el escultor que restaurara dicha figura tras la Guerra Civil. Pareciera la plaza de los Juanes…

Por su parte, la Casa de la Carnicería, en la fachada sur, se comenzó en fecha incierta, quizá en 1591, y servirá inicialmente como despacho de carne. En ella se situó, sucesivamente a lo largo del tiempo, la Comandancia General de la Milicia Nacional; una hemeroteca y delegación de incendios municipal; la casa de socorro del distrito de Audiencia; una tenencia de alcaldía; y la sede de la Junta Municipal de Centro hasta 2008. Actualmente en desuso, se ha proyectado instalar el primer hotel de lujo de la plaza.

Las obras culminan en 1619, inaugurándose el 15 de julio de 1620, aún con los últimos retoques por dar, coincidiendo con la beatificación nada menos que de San Isidro. En 1622, con motivo de la canonización del patrón de Madrid, vuelve a festejarse a San Isidro en la plaza. De aquella celebración se recuerda especialmente un certamen poético, en cuya organización participó el mismísimo Lope de Vega, quien presentó su poema “Isidro” con el seudónimo de Tomé de Burguillos.

La plaza, tal y como hoy la conocemos, tiene diez accesos, por las siguientes calles: Calle del 7 de julio, antes boteros; calle del Arco del Triunfo (antes callejón del infierno); calle de Felipe III; calle de Zaragoza; calle de la Sal; calle de Gerona; calle de Ciudad Rodrigo, antes calle Nueva; calle de Toledo, que es la principal; calle de Botoneras y calle de la Escalerilla de piedra, nombre de la cortísima calle que pasa justo bajo el Arco de Cuchilleros.

La Casa de la Carnicería vista desde el ángulo sureste. (Fotografía propia)

El mercado.

En época de la madurez de Lope de Vega, la Plaza Mayor era el centro de la actividad urbana de la Villa, así como su principal centro comercial. En ella se mercaban paños, cáñamos, hilos, sedas, quincallas, etc. En la Casa de la Carnicería se vendía la carne, quitándose las otras dos que en Madrid existían. Una estaba en la plaza de San Salvador (Plaza de la Villa), en la que se pesaba sin sisa, por ser la reservada a los hijosdalgo. La otra estaba en la colación de San Ginés, para los pecheros, con sisa, por haberse quitado los pechos (recuérdese que los pecheros eran lo que hoy llamaríamos los contribuyentes…).

Las distribución tradicional por gremios sitúan el llamado portal de paños, desde la calle de Ciudad Rodrigo hasta la de Toledo; los portales de cáñamos y sedas, desde la calle de Toledo hasta la de Gerona; portales de sedas e hilos, desde Ciudad Rodrigo a la calle de la Sal, a excepción de la casa consistorial (Panadería), en cuya planta baja estaba establecido el Peso Real y Fiel Contraste. Por último, están los portales de quincallas, de la calle de la Sal hasta la de Gerona.

Los puestos del mercado se marcaban en el suelo, con una piedra con las armas de la Villa de Madrid junto al número correspondiente a cada uno de ellos. En los aledaños, había establecimientos fijos de pañeros, sombrereros o boteros.

En la plaza existía también, al menos desde 1642, un palo con una argolla donde estuviesen a la vergüenza pública los vendedores que diesen los bastimentos a más precio que el de las posturas. Esta humillante y aleccionadora costumbre parece que llegó a recuperarse en tiempos más modernos, ya en plena Ilustración.

Una curiosidad es que en el siglo XVI, en el portal de paños, por ejemplo, se surtía a la gente del teatro de telas, atuendos, pasamanería, vestuarios diversos y atrezzo para sus representaciones.

La escultura ecuestre de Felipe III.

La escultura escuestre de Felipe III que se encuentra actualmente en el centro de la Plaza Mayor fue un regalo del Gran Duque de Toscana Cosme I de Médicis. Es uno de los mejores y más importantes ejemplos de manierismo italiano, siendo de las pocas estatuas de este tipo que subsisten en Europa. Fue realizada en Florencia por Juan de Bolonia, escultor nacido en Flandes, en la ciudad de Dovay. A su muerte, el trabajo lo completó su discípulo Pedro Tacca.

Inicialmente, la escultura estuvo en los jardines de El Reservado, en las posesiones reales de la Casa de Campo. En este lugar permaneció hasta bien entrado el siglo XIX.

Antonio Ponz, ya en el siglo XVIII, adelanta la idea de llevar a la Plaza Mayor alguna escultura de importancia monumental. En tiempos de José Bonaparte, el francés intenta retirarlo de la Casa de Campo, algunos dicen que porque su vista le recordaba la ruindad de su condición como monarca usurpador. Sin embargo, Juan de Villanueva le aconseja en contra, al no parecer viable económicamente el traslado de la estatua en las condiciones adecuadas. Otros proyectos, en años posteriores, tuvieron la intención de trasladar la escultura de Felipe III a El Retiro y a el Palacio Real.

En 1814 se proyectó situar en la Plaza Mayor una escultura del rey felón Fernando VII, proyecto que afortunadamente nunca se llevó a cabo. También existió un proyecto para situar en la Plaza Mayor la estatua de Felipe IV, joya de gran valor histórico y artístico que hoy podemos admirar en la Plaza de Oriente.

Siendo concejal nuestro querido Ramón de Mesonero Romanos, promovió, por fin con fortuna, el traslado de Felipe III a caballo a la Plaza Mayor, así como su empedrado y ajardinamiento. Las razones que impulsaban a ello, aparte del realce y ornato de la plaza, eran el tributo que la ciudad de Madrid debía a su rey, quien fue el primero en ocuparse realmente de embellecer y mejorar la Villa y Corte para hacerla una capital europea digna de la Monarquía más poderosa de la historia. Se instala en la plaza el 3 de diciembre de 1846. La escultura pertenece al Patrimonio Nacional, al ser propiedad real, pero se cede su usufructo al concejo municipal. Juan José Sánchez Pescador levanta un nuevo pedestal y escalinata por cuenta del Ayuntamiento.

Escultura ecuestre de Felipe III (1616). (Fotografía propia)

En la I República, en 1873, la estatua es desmantelada y llevada a trozos en una carreta de bueyes. Se pretende sustiuir la estatua por una alegoría del 7 de julio, sin éxito. Es llevada al museo arqueológico, para posteriormente volver a la plaza.

En 1889, otro nuevo proyecto la amenaza, pues se pretende erigir un monumento en honor a la Constitución, de nuevo sin éxito. Sin embargo, el 14 de abril de 1931, el mismo día de la proclamación de la II República, las turbas iletradas y fanáticas desmantelan la estatua, introduciendo en en interior del caballo, a través de su boca, un explosivo. La estatua, gravemente dañada, descubre uno de sus secretos mejor guardados: por su boca habían estado entrando pajarillos que, en la oscuridad del vientre del caballo, no acertaban a encontrar de nuevo la salida, muriendo a decenas, y haciendo de la estatua un verdadero cementerio de pájaros. Posteriormente se sellaría la boca del caballo para evitar más muertes de aves. Don Miguel de Unamuno se lamentó grandemente por el destrozo salvaje y sin sentido de una obra de arte de tal importancia, y lo denunció in situ y en el diario El Sol. Afortunadamente, la escultura pudo ser reparada (por Juan Cristóbal, como anteriomente mencionamos) y repuesta en su lugar. No volverá a ser molestada hasta 1970, con motivo de las obras efectuadas para la construcción del aparcamiento y túneles subterráneos bajo la plaza, siendo temporalmente trasladada a El Retiro durante las mismas. Desde entonces, permanece en nuestra querida plaza observando el diario quehacer de madrileños, madridados y visitantes.

La Plaza Mayor, en llamas.

Tres grandes incendios han devastado la Plaza Mayor a lo largo de su historia. El primero el 7 de julio de 1631, originado en los sótanos cerca de la Casa de la Carnicería y quemándose 50 casas en el perímetro sur. El propio Gómez de Mora dirige las obras de reconstrucción. El segundo ocurrió el 2 de agosto de 1672, afectando a la Casa de la Panadería, como lo recuerda una lápida bajo la misma. Se destruyó la casa, que fue de nuevo reconstruída. El último incendio sucedió el 16 de agosto de 1790, tras el cuál se remodeló la plaza al completo. Afectó a las fachadas oeste y sur. A pesar de las sucesivas ordenanzas municipales renovadas tras cada incendio para prevenir nuevos desastres y disponer de mayores medios junto al fuego, estos resultaron insuficientes. A pesar de los 4 depósitos de agua que habían sido instalados en 1789, un año antes del incendio, no resultaron suficientes.

Los incendios de la Plaza Mayor han dado lugar a una de las leyendas más siniestras de la misma. El arco de entrada que coincide con el número 33 de la calle Mayor, conocido como calle del Arco del Triunfo, fue conocido tradicionalmente como el callejón del infierno. Tan oscuro nombre le va de perlas al oscuro pasadizo, que aún hoy impone cierto respeto a la hora de franquearlo, sobre todo por las noches. Fue por ello escenario para los emboscados, robos, crímenes, reyertas, etc.

El apelativo infernal lo adquiere en el incendio de 1672, ya que el arco funcionó entonces como mortal chimenea que avivó y dio mayor fiereza al fuego declarado. Además, la leyenda se incrementó con dos sucesos oscuros. En el número 2 vivió el cura Merino (el malvado, Martín Merino, no confundir con el héroe de la francesada). Este Martín Merino quiso asesinar a la reina Isabel II, siendo ejecutado en el garrote vil en 1852.

Otro vecino del callejón fue Cayetano Galeote, también sacerdote, quien asesinó en 1886 nada menos que al primer obispo de Madrid, utilizando un revólver. Galeote terminó en el manicomio de Leganés, muriendo en 1922 a los 83 años.

La Plaza Mayor y los Toros.

Desde el mismo nacimiento de la plaza en sus primeros tiempos, el lugar ya se destinó al arte de la tauromaquia. Y es que las plazas de las ciudades eran entonces lugar de celebraciones, y entre ellas las corridas de toros. Quizá de ahí el llamar “plaza” al recinto actual, y “corrida” al acontecimiento, pues entonces se corrían, como decimos, los toros.

Antes de iniciar las obras principales en el siglo XVII, se corrieron toros en el entorno de la plaza con objeto de medir las dimensiones y capacidades del lugar a la hora de planificar futuros espectáculos en la nueva plaza. Considerando los balcones y las gradas desmontables que se disponían para los espectáculos, la Plaza Mayor tiene una capacidad de 50.000 espectadores, sin contar los apiñados en los portales. Estas cifras se asemejan a las de nuestro querido estadio Vicente Calderón, de próxima desaparición. La zona más apreciada era el portal de pañeros, por ser “de sombra”.

Las corridas de toros, que podían durar hasta 12 horas, hunden su origen en las justas y celebraciones que en la edad media enfrentaban a los caballeros. No en vano, en el siglo de oro eran los nobles y caballeros los principales participantes en las mismas, siendo los toreros del vulgo de importancia muy minoritaria. Las viviendas de la plaza estaban sometidas a la “servidumbre de espectáculo”, pudiendo sus inquilinos permanecer en ellas sólo por las mañanas, y debiendo desalojarlas por las tardes para que las ocupasen quienes habían pagado para presenciar el espectáculo. El precio, por cierto, lo cobraba el Ayuntamiento, y no el inquilino al que desalojaban de su casa. A propósito de esta costumbre, escribe Quiñones de Benavente:

Gran pensión es esta

de vivir en la plaza un caballero,

pues paga todo el año su dinero

y el día que ha de ver fiesta en ella

le echan de casa y quédase sin vella.

Antonio de León Pinelo, quien en sus escritos nos trae a la vida el Madrid de su época, recoge los precios de los balcones en 1620, siendo los primeros de a 12 ducados, los segundos pisos a ocho, los terceros a 6 y los cuartos a cuatro ducados. Los toros, nunca menores de 6 años de edad, y entre los que participaban ejemplares de la Real Vacada, se llevaban a la plaza desde la Casa de Campo, donde hacia la cuatro de la mañana acudía el Corregidor de la Villa. El ganado apacentaba en el arroyo Meaques, dirigiéndose hacia la Tela (actual parque de Atenas, antiguo campo de justas medievales), para reagruparse posteriormente en la Puerta de la Vega. Hacían encierro en la calle Mayor, atravesando la Puerta de Guadalaxara, y penetrando en la plaza por la calle Nueva (actual calle de Ciudad Rodrigo). Se entablaba el recorrido, tapando cualquier salida, y se colocaba una valla para proteger el entablado. La gente se apostaba en el recorrido, aprovechando algunos vándalos para pinchar con sus espadas a los animales al paso del ganado, a veces dando muerte a algún toro. Esta mala costumbre a punto estuvo de dar al traste con estos encierros.

“Fiestas en la Plaza Mayor de Madrid, 1623”, de Juan de la Corte (1590-1662). Museo de Historia de Madrid.

Los reyes acudían a las corridas por las tardes, ocupando el balcón central en la Casa de la Panadería, que da a los aposentos reales que a tal efecto se habilitaron y que hoy conservamos.

Las corridas tradicionalmente se celebraban en San Juan (24 de junio) y Santa Ana (26 de julio). Posteriormente, desde 1620, se celebraban también el día de San Isidro (15 de mayo), aunque fueron prohibidas en este día por Felipe IV por el decoro y recogimiento debido a nuestro santo patrón. Además de en estas fechas, se celebraban festejos en las ocasiones importantes, con motivo de actos oficiales o visitas diplomáticas, siendo la más célebre de todas ellas la visita de, Carlos Estuardo, Príncipe de Gales, en 1623. El príncipe pretendía casarse con la infanta Doña María, hermana del Rey Felipe IV. Aunque dicho matrimonio no llegó a celebrarse, el príncipe fue agasajado con una gran fiesta, para la cual se emplearon hasta 320 luminarias para decorar la plaza.

El Conde de Villamediana, gran lenguaraz, escribió, con ocasión del derroche:

Señores, yo me consumo,

¿hay tan grande maravilla?

¡Que haya gastado la Villa

tres mil ducados en humo!

Villamediana era uno de los nobles que se arriesgaban en la suerte de los toros. Mostraba su desprecio al peligro tanto en la plaza como fuera de ella. Al comenzar el festajo, hacían una suerte de paseíllo, formando junto a seis alguaciles frente a la Casa de la Panadería, donde hemos dicho que se encontraba el balcón del Rey. Uno de los alguaciles era Pedro Vergel, al que el conde de Villamediana no paraba de acusar de cornudo. Cuando Vergel mató a un toro con su alabarda, escribió nuestro amigo el conde estas poco elogiosas palabras:

El toro tuvo razón

en no osar acometer

pues mál pudo él oponer

dos cuernos contra un millón

La osadía del conde llegaba al punto de, siendo sospechoso de ser amante de la reina, llevar un bordado en oro que decía: “son mis amores reales”. Así pues, contemplando la faena de Villamediana, la reina, sin poder contenerse, comentó:

– ¡Qué bien pica el conde! – a lo que el rey Felipe IV, su esposo, respondiera su célebre “pica bien, pero pica alto…”. Villamediana, como sabemos, acabó asesinado, dicen que por la mandato del rey.

Otros toreros de la nobleza fueron el duque de Maqueda, el marqués de Velada, de Mondéjar y del Carpio o el conde de Monterrey, todos ellos del siglo XVII. Otros toreros populares que alcanzaron gran fama, fueron Costillares, Pepe-Hillo, Juan Conde, José Delgado Guerra o Pedro Romero, todos ellos en época de Carlos IV, u otros como Juan León, el morenillo, el famosísimo Cúchares, Chicharrero, Chiclanero, Juan Martín, Gaspar Díez, Juan Lúcas Blanco, Pedro Sánchez o el Salamanquino, estos de la época de Isabel II.

Las corridas de toros sufrieron la censura y la aprobación alternativa de los reyes de la monarquía borbónica, quienes en principio solamente los toleraban como medio de obtener fondos para la beneficencia. Felipe V no los toleraba fuera de ocasiones muy singulares, mientras que su hijo, el buen rey Fernando VI, será benévolo con la fiesta nacional. Nuestro querido Carlos III, por su parte, se mostraba también reacio a la fiesta de los toros, siendo nuevamente Carlos IV permisivo con la misma. Lo cierto es que, en la práctica, ninguno de ellos consiguió realmente censurarla. Las últimas corridas de toros en la Plaza Mayor que se celebraron a la antigua usanza fueron con ocasión de la boda de la reina Isabel II en 1846. Sin embargo, en 1970, se celebró de nuevo en la Plaza Mayor una corrida de toros a la antigua usanza, en unas fiestas de época organizadas por el Círculo de Bellas Artes y patrocinadas por el Ayuntamiento de Madrid.

Los ajusticiamientos.

La Plaza Mayor fue lugar destinado a los ajusticiamientos hasta 1765, cuando se trasladaron a la plaza de la Cebada, y posteriormente hacia la zona de la actual Puerta de Toledo. También en la Cruz Verde se llevó a cabo la ejecución de los reos de muerte. Según la condena fuese de pena de garrote, horca o degüello, el cadalso se situaba en uno u otro lugar de la plaza. Por garrote vil se ejecutaba frente al portal de pañeros, la horca se instalaba frente a la Casa de la Panadería y la decapitación a cuchillo o con hacha frente a la Casa de la Carnicería.

Las habladurías populares aseguran que en los soportales de la plaza aún pueden escucharse los lamentos y voces de los condenados, pues se cree que las almas de éstos quedaban sujetas a las columnas. Además, un macabro descubrimiento tuvo lugar durante las obras de construcción de la nueva iglesia de Santa Cruz, bajo la cual se encontró el cementerio de la antigua parroquia, donde era enterrados los ajusticiados. Numerosos cuerpos mutilados aparecieron en tan macabro lugar, para espanto de sus descubridores.

El más célebre de los ajusticiados fue Don Rodrigo Calderón, conde de Oliva y marqués de Sieteiglesias. Es a este Rodrigo a quien se alude en el dicho popular “eres más orgulloso que don Rodrigo enla horca”. Don Rodrigo, curiosamente nacido en Amberes, era favorito de Felipe III y hombre de confianza del valido real, el Duque de Lerma. Fue además amigo de Quevedo. Se cuenta que en el momento de su ajusticiamiento por degüello, ya que a los nobles no se les ahorcaba, mostró efectivamente un orgullo, una dignidad y una frialdad digna de un verdadero noble español, que en aquellos tiempos no era cualquier cosa. La única petición que hizo fue que se le diese alguna ropa de abrigo para no temblar a causa del frío de aquel día, para que las gentes que presenciaban su ejecución no pensasen que temblaba de miedo. Su ejecución tuvo lugar el 16 de octubre de 1670.

Los Autos de Fe.

Esta ceremonia religiosa y judicial, trataba de depurar al Estado de herejes y otros individuos que suponían una amenaza para el orden establecido. En estos actos penitenciales se juzgaba, condenaba y ejecutaba a los reos. Carlos II, al ser proclamado rey, quiso asistir a un auto de fe, y asistió el domingo 30 de junio de 1680 al Gran Auto General de la Fe, el de mayor importancia de los celebrados en la plaza Mayor. El pueblo llano participaba construyendo el teatro o escenario de forma voluntaria, así como siendo testigos de tan solemne y cruento espectáculo. También participaba una compañía de soldados de la fe, reclutados para custodiar a los reos desde el palacio de Santa Cruz, la cárcel de Corte, y manteniendo la seguridad pública. Los nobles participan mediante donativos, y siendo colaboradores civiles habituales, familiares del Santo Oficio. Participan hasta 85. El Santo Oficio preside la ceremonia.

Los convictos, ya juzgados, pendientes solamente de la ejecución de la pena, son reclutados desde toda España. El brasero o quemadero, donde se quemará a los reos, se situó junto a la puerta de Fuencarral, en la actual glorieta de Bilbao.

Una solemne procesión, presidida por la Cruz verde, representando el perdón, y la cruz blanca, representando la fe inquebrantable, recorren la ciudad en larga procesión con todos los participantes en el auto. En la puerta de Fuencarral se sitúa la cruz blanca, situándose la cruz verde en la Plaza Mayor. A las tres de la mañana se reúne a los reos, se les dicta su sentencia y se les da de desayunar en compañía de varios sacerdotes, dos para cada uno de ellos, que les asisten espiritualmente. Son 118 reos. 104 judaizantes, siendo 34 de ellos arrepentidos. Algunos de ellos son ejecutados en el brasero en efigie, pues o bien ya estaban muertos o bien habían escapado. Dos bígamos, una polígama, un sacerdote casado, estafadores, un sacador de tesoros, y otros con delitos menores, forman parte, entre otros, de los reos.

“Auto de Fe en la plaza Mayor de Madrid”, de Francisco Rizi (1614-1685). Museo del Prado. Representa el Auto de Fe de 1680.

En uno de los laterales, preside el rey Carlos II, la reina María Luisa de Orleans, y la reina madre Mariana de Austria. Junto al rey, a su derecha, se sitúa don Diego Sarmiento de Valladares, el Inquisidor General. Los 118 reos se sitúan frente al graderío, junto a los familiares del Santo Oficio y los sacerdotes que les auxiliaban. Dos sacerdotes leerán las condenas desde sendos púlpitos. La cruz verde, que presidía el altar para la misa, tapado con un velo negro y entre doce grandes candelabros.

El monarca jura sobre el crucifijo y los evangelios su deber de defender la fe católica contra los herejes. Tras la misa, se leen las causas de cada uno de los reos y los veredictos. A las nueve de la noche se termina esta tediosa tarea. Los arrepentidos encienden un cirio como símbolo de su reconciliación con la fe. El rey, cuya salud era débil como sabemos, aguantó todo el día con gran celo la larguísima ceremonia.

La ejecución de las sentencias congregó a una multitud. Los arrepentidos de sus faltas en el último momento, fueron muertos por garrote y no al fuego, pudiendo ser enterrados en sagrado, celebrándose por ellos una misa en la iglesia de San Miguel. El resto fueron quemados en piras que ardieron hasta las nueve de la mañana. A los tres días, se ejecutaron las sentencias menores, consistentes en azotes y vergüenzas públicas. La Cruz Verde se llevó al convento de Santo Domingo el Real en procesión, disolviéndose finalmente la compañía militar reclutada al efecto. Tras este auto de fe, ya nunca más hubo uno de tal magnitud y se redujo grandemente la frecuencia tales actos. Parece que el deseo del rey fue causa de tan lamentable espectáculo, nunca antes ni después visto, y que tan terrible fama ha acarreado a nuestro país.

Escenario de otras muchas celebraciones.

Como centro de la vida ciudadana, la plaza Mayor ha sido célebre por el sinfín de fiestas y celebraciones solemnes de toda clase que allí se celebraban y celebran. Era el lugar central en la fiesta del Corpus en Madrid, de gran importancia y hoy inexistente, donde las tarascas madrileñas desfilaban con un sinfín de personajes, en fiesta religiosa con muchos tintes de paganismo ancestral. Una fiesta tal podemos contemplarla hoy en día con la parafernalia de época en ciudades como Valencia, pero no ya en nuestro Madrid, a pesar de su gran importancia durante la historia.

Fue también escenario de estafermos medievales, de los popularísimos juegos de cañas, de las mascaradas y encamisadas de carnavales, organizadas por los gremios; bailes, fuegos artificiales, representaciones tetrales montadas sobre escenarios portátiles, desfiles, procesiones de Semana Santa.

Parece que parte de este espíritu se mantiene en nuestra querida plaza pues, aunque algunas de estas celebraciones hayan desaparecido, otras continúan, y se han añadido otras nuevas, como todos conocemos y repasaremos más adelante.

La Plaza Mayor en la francesada.

La Plaza Mayor fue uno de los puntos incendiarios de la revolución contra los gabachos. En mayo de 1808, un fraile del convento de San Gil llamado Antonio, se subió a la pequeña barandilla que puede aún verse en la parte superior izquierda de las escaleras por las que se sube por el Arco de Cuchilleros (si bien la barandilla no es la original, habiendo sido sustiuída varias veces, víctima del vandalismo, una de ellas el 11 de noviembre de 1978). Este lugar se conoce popularmente como “El pulpitillo”, pues verdaderamente no parece sino un púlpito callejero, y se sabe que existe desde al menos 1672. Obsérvelo el amable lector en su próximo paseo (y trate de no espantarse ante la horrible figura publicitaria que suele ocupar tan histórico lugar). En este lugar, pues, el fraile Antonio exortó a las masas contra los invasores franceses, prendiendo la mecha del 2 de mayo. Por desgracia, la represión de los gabachos tuvo como uno de sus escenarios la Plaza Mayor, elegida como lugar de ejecución pública de los patriotas madrileños.

La Plaza Mayor en tiempos modernos.

Sin alejarnos de este lugar, la pequeña calle de la Escalerilla de Piedra, como veremos en un pintoresco azulejo algo escondido, que siempre pasa desapercibido. Pues bien, si nos fijamos en una puerta justo delante del mencionado “pulpitillo”, donde al fondo hay una tienda de recuerdos, a la izquierda podremos ver, si nos asomamos, una larga escalera de piedra que sube empinada y al fondo de la cual se ve la luz que penetra por un ventanuco que asoma en la fachada del Arco de Cuchilleros. Aquí sitúa Galdós la casa de Fortunata, en su célebre “Fortunata y Jacinta”.

Esta zona de la plaza, a modo de contrafuerte para salvar el desnivel con la zona de la calle de Toledo, fue construida por Juan de Villanueva en 1790, tras el incendio, que parece que tuvo su origen aquí, en el paso para la casa del marqués de Tolosa. En este lugar se presume que estaba la guarida favorita del bandido Luis Candelas, que aprovechaba un viaje de agua subterráneo bajo los sótanos del local, que llevaba hacia Santa Cruz, y permitía la huída. En este lugar, se recuerda hoy al bandido con el famoso restaurante de “Las Cuevas de Luis Candelas”.

El nombre de la calle del 7 de Julio, antiguamente llamada de la amargura quizá por ser camino de paso de los ajusticiados, alude a otro de los sucesos históricos acontecidos en estos parajes. En efecto, el 7 de julio de 1822 tuvo lugar una batalla la Milicia Nacional y la Guardia Real. Los primeros defendían el orden liberal constitucional establecido en la Constitución Española de 1812 (la famosa “Pepa”). Por su parte, la Guardia Real tomó parte por los absolutistas del rey felón Fernando VII. Los absolutistas, que eran los sublevados que pretendían derrocar la Constitución, fueron derrotados. Cada año se celebra en este lugar una pequeña ceremonia castrense en este día 7 de julio, en recuerdo de esta batalla.

Establecimientos emblemáticos.

En la zona se situaron los dos únicos cafés antiguos de la Plaza Mayor, que eran cafés de menor categoría. El primero era el café del Gallo, cuyo apodo castizo era “Café del esposo de la gallina”, en el número 10. Era famoso por su leche helada en las verbenas de San Juan y San Pedro, y además allí se vendían los billetes de la diligencia de los Carabancheles. El Café de la Plaza, era célebre por su leche de almendras, que se tomaba en Nochebuena. Reunía a tratantes de ganado entre sus parroquianos. En él se vendían los billetes para la diligencia de El Escorial. Estaba situado junto a la ya mencionada escalerilla de piedra, siendo frecuentado al parecer por Benito Pérez Galdós quien, como comentábamos, situó en esta zona algunos ambientes de su novela “Fortunata y Jacinta”.

En cuanto a los establecimientos tradicionales de la plaza, destaca la sombrerería “La Favorita” (1894), donde curiosamente el “Ché” Guevara compró nada menos que su famosa boina. Entre los establecimientos con más solera, tenemos la también sombrerería y tienda de gorras “Casa Yustas”; “Los Galayos”, taberna restaurante de 1894; “La Campana”, quizá el más concurrido de las casas de bocadillos de calamares y otras viandas típicas; “Cafetería Magerit”, de 1929, que fue un antiguo almacén de aguardientes; “Torre del Oro”, es una taberna andaluza y taurina, abierta en 1925; “Monsy”, tienda de recuerdos abierta en 1941, iniciando su actividad como pañería, aunque actualmente está cerrada; “Perfumería Montané”, desde 1921; “Santiveri”, de 1929, pionera de la medicina natural; “El gato negro”, de 1919, fue la primera tienda de España en vender lanas al peso. La enumeración no pretende ser exhaustiva, sirviendo tan solo a modo de ejemplo, con el ánimo de incitar al amable lector a descubrir nuevos rincones por sí mismo.

El tradicional Mercado de Navidad es uno de los iconos de la plaza. Aunque ya existía un mercado navideño desde el siglo XVII, sobre todo dedicado a las viandas, instalado en la plaza aneja de Santa Cruz, el mercado navideño como tal se inicia en 1837 y definitivamente en 1860, siendo regulado en 1911 y, desde 1944, en forma apenas alterada hasta el día de hoy. El protagonismo que antaño tenían el pavo, los turrones, el besugo y otras viandas de temporada se abandonó para especializarse en el mercado de belenes y aderezos navideños que actualmente conocemos. Es de destacar la zona de artículos de broma, máscaras y demás objetos de chufla que se concentran en la mencionada plaza vecina de Santa Cruz. También es tradicional el belén que se instala en las navidades en la plaza.

Preciosa imagen de la Plaza Mayor en las semanas previas a la Navidad. Se aprecia el inicio del montaje de la iluminación navideña. Fotografía de nuestro compañero Salvador Salvatierra.


Otro de los mercados emblemáticos de la plaza es el Mercado de Filatelia y Numismática. Cada domingo se celebra aquí desde 1927, cuando los aficionados, coleccionistas y comerciantes de estos curiosos artículos decidieron mudarse desde la Plaza de España, donde anteriormente se instalaban. Al parecer, la Plaza Mayor les era mucho más conveniente, al estar esta bien guarecida frente al frío, el viento y demás inclemencias del tiempo, que se hacían demasiado acuciantes en una plaza mucho más abierta como la de España. Desde entonces es gran tradición la compra venta de sellos, monedas de todas las épocas y países, y de postales antiguos y otros objetos de coleccionista. Muchos comercios de este tipo se han instalado en locales entorno a la plaza. Últimamente, este mercado parece algo de capa caída. Esperamos que el centenario de la plaza ayude a reimpulsar de nuevo este peculiar y delicioso lugar de encuentro de objetos y personas curiosas en Madrid.

Otras anécdotas y curiosidades.

La plaza ha cambiado de nombre varias veces a lo largo de la historia, a merced de los acontecimientos políticos. De la primitiva plaza del Arrabal, pasó a Plaza Mayor, el nombre que más tiempo ha conservado, aunque también ha tenido otros nombres como Plaza de la República o de la República Federal, o Plaza de la Constitución. Curiosamente, aunque oficialmente cambió varias veces de nombre, fueron cambios tan fugaces que apenas llegaron a recogerse dichos cambios en la cartografía oficial.

En 1961, la plaza se restauró con motivo del III Centenario de la capitalidad de Madrid. De finales de esta década data el famoso estacionamiento y túnel subterráneo para el tráfico rodado. Este túnel, tan conocido por todos los madrileños, permite mantener alejado el tráfico, que antes ocupaba la plaza, tanto los tranvías como coches y autobuses (era terminal de muchas líneas). La primera línea de tranvías (de tracción animal) aparece en 1877, pasando a ser eléctricos en 1900. Se retiraron en 1953.

Hoy en día, una de las cosas que más llaman la atención de los paseantes en la plaza son los artistas callejeros, los músicos y los que se ofrecen para que te fotografíes con ellos, en forma de mil personajes. Destacan desde hace décadas los caricaturistas y pintores de la plaza, sobre todo de temas taurinos o costumbristas. Estos son ya parte del paisaje y un elemento tradicional más. Los otros son algo más recientes, algunos algo desagradables, como la famosa “cabra” que asusta a la gente, o el mítico “spiderman” algo entradito en carnes. Demuestran que esta plaza sigue viva y cambiante por mucho que el tiempo pase…

Las farolas actualmente instaladas en la Plaza Mayor, de estilo fernandino, están colocadas sobre pedestales a modo de bancos, en cuyo respaldo se colocaron en los años 80 del pasado siglo unos relieves que representan diferentes escenas de la historia, sucesos y costumbres de la plaza. Los mismos que hemos repasado en este artículo. Por desgracia, normalmente permanecen ocultos a la vista, ya que estos asientos están casi siempre ocupados. Os recomendamos madrugar para llegar a primera hora de la mañana, cuando la plaza está menos frecuentada, para poder admirarlos a placer.

Los establecimientos de la Plaza Mayor a primera hora de la mañana, con la plaza completamente vacía. (Septiembre de 2017, fotografía propia)

GUÍA PARA LA ESCUCHA

00:00 – Presentación del programa.

00:05 – Origen de la Plaza Mayor.

00:09 – Primeros proyectos de reforma.

00:11 – Construcción de la nueva plaza en el siglo XVII.

00:14 – Inauguración de la nueva Plaza Mayor.

00:16 – El mercado en la Plaza Mayor.

00:19 – Historia de la escultura ecuestre de Felipe III.

00:27 – Los ajusticiamientos en la Plaza Mayor.

00:30 – La Plaza Mayor en llamas.

00:32 – El callejón del Infierno.

00:35 – Los Autos de Fe en la Plaza Mayor. El Gran Auto de Fe
de 1680.

00:50 – Tertulia de los 4 Gatos. Hablamos con Piedad (@madridistinto) sobre curiosidades de la Plaza Mayor, desde las diferentes fiestas que allí se realizaron y realizan, hasta los locales tradicionales, el mercado de Navidad o lo sucedido en la Francesada.

MÚSICA QUE PUEDE ESCUCHARSE EN ESTE PROGRAMA:

– “Stella Splendens”, El llivre vermell (S.XIV). Capilla Musical y Escolanía de la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Dir. Luis Lozano. Atrium musicae. EMI Classics.

– Marionas – Gaspar Sanz (1640 – 1710).

– Variaciones sobre un tema de Mozart, de Fernando Sor. Interpretado a la guitarra por Manuel Barrueco.

– ¡AY, QUE ME ABRASO DE AMOR EN LA LLAMA! – Sebastián Durón (1660 – 1716).

– Como no la andaré yo. Jordi Savall y Hespèrion XX.

– AMOR CON FORTUNA – Juan del Encina (1468 – 1529) La Capella Reial de Catalunya – Hespérion XXI – Director: Jordi Savall.

– Kyrie, BSO El Nombre de la Rosa.

– Títulos finales, BSO El Nombre de la Rosa.

– Local Hero, del disco “Politics”, de Yellowjackets. (Esta es la sintonía de cierre del programa de radio “Espacio en Blanco”, de Miguel Blanco, en RNE. La ponemos en homenaje a este programa.)

Bibliografía utilizada en este artículo

  • Revista Madrid Histórico (Ed. La Librería). Números: 1, 15, 16, 21, 22, 28, 37, 38, 44, 45, 53, 54, 56, 59, 62, 65, 68, 70.
  • “Plaza Mayor de Madrid, 400 años de historia”, por Ángel del Río López. (Ed. La Librería, 2016).
  • “Las calles de Madrid”, por Pedro de Répide. (Ed. Afrodisio Aguado, 1972).
  • “Las calles de Madrid: noticias, tradiciones y curiosidades”, por Hilario Peñasco y Carlos Cambronero. (Impresor: Enrique Rubiños, 1889) (Facsímil de Extramuros Ed., 2009).
  • Antiguos Cafés de Madrid.
  • Secretos de Madrid.

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