Píldora Madrileña nº1: El primer semáforo de Madrid (y de España).

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Con este episodio inauguramos un nuevo formato de programas en PodCastizo. Lo hemos llamado “Píldoras Madrileñas”, ya que trataremos, en aproximadamente 10 minutos, un aspecto concreto de Madrid con todo detalle. ¡Ideal para escuchar en pequeños desplazamientos en transporte público!

La historia de Madrid está llena de curiosidades y de cosas reseñables. Vamos aquí a rememorar una de ellas, relativa a un instrumento común de nuestro día a día, que hoy nos pasa desapercibido pero que en su momento fue una gran innovación. Existen miles en el Madrid de nuestros días, y parece que siempre estuvieron aquí, ya que nunca o casi nunca nos preguntamos cuándo y cómo llegaron a existir. Hoy vamos a hablar… de los semáforos.

¿Qué sería del Madrid del siglo XXI sin este artilugio de bonitas luces roja, ámbar y verde, primero de gas, luego de simples lámparas incandescentes y hoy modernos “leds”? En Madrid hay a día de hoy unos 130.000 semáforos, ejemplares imprescindibles en nuestra jungla de asfalto. Pero ¿cuándo aparecieron en nuestras calles?

El primer semáforo se instaló en Londres en 1868. Los primitivos modelos consistían en una especie de brazos que subían y bajaban levantando carteles que indicaban “pare” o “continúe”, inspirados en los existentes en el ferrocarril. El aparato empezó siendo manejado manualmente por un operario. Por la noche, se utilizaban lámparas de gas que daban una luz roja y otra verde para poder señalizar. Estas señales nocturnas pasaron luego a utilizarse también por el día. Los modelos posteriores se electrificaron, automatizaron e interconectaron con las centrales de policía y bomberos. La luz ámbar se añadió en 1920.

Sin embargo, a pesar de estos avances, los semáforos no empezaron a popularizarse hasta la llegada del auge del automóvil, en los años 20 del pasado siglo. Así, el primer semáforo español se instaló en Madrid el 17 de marzo de 1926, durante la alcaldía del Conde de Vallellano, y bajo el proyecto del ingeniero don Joaquín Moro, siendo jefe de la Guardia Municipal y jefe de circulación el sr. Abarca. Los operarios municipales lucharon con el invento durante 2 meses, hasta conseguir por fin instalarlo debidamente.

Se colocó en la confluencia de la Gran Vía (entonces llamada Conde de Peñalver en ese tramo) con la calle de Alcalá, y costó nada menos que 23.850 pesetas. El primer semáforo de España era automático, tenía los 3 colores de rigor, rojo, amarillo y verde, y además estaba dotado de un timbre, con una duración de cuatro a seis segundos, que avisaba del próximo cambio de color para advertir a carruajes y vehículos a motor, y también a los peatones.

El jefe de la Guardia Municipal, Sr. Abarca, con el ingeniero Sr. Mora, presenciando en la calle de Alcalá el funcionamiento de las “farolas luminosas”, cuyo detalle aparece en la elipse. Esta fotografía, de autor desconocido, fue publicada en el diario La Nación el 18 de marzo de 1926.

La instalación, lejos de limitarse a una única farola de señales luminosas, que así la llamaban en la época, constaba de varias de ellas, sincronizadas para poder regular el paso en el punto indicado. El entonces llamado puesto central, o semáforo principal, estaba situado en un refugio entre el edificio de La Unión y el Fénix y la iglesia de San José, en el mencionado eje de Gran Vía con Alcalá. Al ser este el principal de la instalación, se considera el primero de Madrid y de España. Además, conjuntamente con este, se instalaron dos puestos de señales más (es decir, semáforos) en los andenes para tranvías situados en la calle de Alcalá, frente a la iglesia de San José, para regular la circulación en esta última calle. Por último, dos puestos más, indicadores de circulación prohibida, ambos con señal roja intermitente, uno en la desembocadura de la calle del Caballero de Gracia con Gran Vía y el otro en la calle del Marqués de Valdeiglesias esquina a la calle de la Reina. Vemos, pues, que el tráfico desde esas calles hacia la Gran Vía quedaba perfectamente regulado.

El puesto central comprendía, además, el cuadro de distribución eléctrica y dos aparatos de maniobras: uno de ellos automatizado, pudiendo fijarse el paso en uno u otro sentido a intervalos regulables de entre 30 y 50 segundos; el otro era manual, permitiendo regular la circulación a voluntad del operario, un empleado encargado del servicio, “cuando circunstancias excepcionales de grandes aglomeraciones así lo requiera”. Ya veis que en 1926 ya se convivía en Madrid con los consabidos atascos.

Los semáforos en los andenes de los tranvías controlaban el paso a través de la calle de Alcalá, permitiendo la circulación de vehículos en ambos sentidos por ella, mientras que el principal y los secundarios cortaban el paso de los que venían desde Gran Vía. Cuando se cortaba el paso de vehículos en Alcalá, se abría el paso para los vehículos desde y hacia la Gran Vía. Los peatones, por su parte, debían observar las señales para los vehículos (ya que no existían aún los indicadores para peatones) y obrar en consecuencia, cruzando cuando tuvieran los vehículos el paso restringido. El mencionado timbre era señal para acelerar el paso los peatones y darle gas al motor a los vehículos, o viceversa.

La elección de este lugar para instalar este primer sistema parece obvio, pues confluían dos calles principales (siendo una de ellas, además, la nueva y flamante Gran Vía, aquí llamada entonces Conde de Peñalver) juntamente con el paso de tranvías por la calle de Alcalá, lo que sin duda ocasionaría riesgos al juntarse estos últimos con el tráfico de vehículos y personas en la bifurcación. Tengamos en cuenta que, antes del semáforo, los vehículos sencillamente aminoraban el paso a voluntad cuando algún peatón, normalmente sin previo aviso, se decidía a cruzar la calzada. Los guardias municipales eran la principal nota de orden en este caos más o menos bien avenido.

El día de su inauguración, con asistencia del señor alcalde, el gentío se fue reuniendo poco a poco hasta ofrecer la calle de Alcalá un animadísimo aspecto. Los madrileños, curiosos por el nuevo invento, se apostaron desde todas partes para observar el funcionamiento de las señales luminosas. Todos coincidieron en lo sencillo de comprender su uso, a pesar de lo cual, permanecieron los guardias en su puesto, junto a los semáforos, para controlar el correcto fluir del tráfico hasta acostumbrarse todos a la novedad. Al parecer, fueron los propios municipales los primeros en hacerse algún pequeño lío con las luces. Los madrileños contemplaron entusiasmados el espectáculo, salpicando el acto de las acostumbradas bromas entre nuestros paisanos, y más ante cosa tan extravagante.

Titular y breve nota en el diario La Nación del 18 de marzo de 1926.

Resulta curioso leer en la prensa de la época cómo se explicaba con todo lujo de detalles la manera de utilizar los semáforos, algo que hoy nos parece cosa obvia y para enseñar a los niños, aunque muchos siguen sin respetar las normas. Entonces se publicaban precisas instrucciones en la prensa madrileña para información de todos los ciudadanos.

Hoy en día existe un semáforo justo a la altura del principal de entonces, heredero del primero de todos, en el sitio indicado, junto al paso de peatones delante del edificio Metrópolis (antiguo edificio de La Unión y el Fénix, estando este último todavía hoy coronando su famosa cúpula). No llama la atención en nada al transeúnte común, pero los oyentes de PodCastizo sois los más avisados de la Corte, así que la próxima vez que paséis por allí, echadle una buena foto, que lo merece, aunque nadie sepa por qué lo hacéis.

Bibliografía

  • Diario “La Época”, del sábado 13 de marzo de 1926.
  • Diario “El Heraldo de Madrid”, del 18 de marzo de 1926.
  • Diario nocturno “La Nación”, del 18 de marzo de 1926.

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